"Palabras entre las bombas: crónicas sobre la guerra civil española de Pablo de la Torriente Brau, Raúl González Tuñón y Juvencio Valle", por Jesús Cano Reyes

Pablo de la Torriente Brau
 1. Hasta el siglo XVII nadie lo había imaginado. Fue el físico francés Edme Mariotte el primero en demostrar que no es ojo todo lo que reluce: allí donde el nervio óptico conecta con la retina, no hay células sensibles a la luz; por lo tanto, es una zona de no visión, un punto ciego. Si no percibimos esta carencia, es sencillamente porque el cerebro completa la información con lo que capta el otro ojo. 

La encrucijada que reúne a la literatura y al periodismo es el punto ciego del ojo crítico. Confiando en las teorías de Mariotte, el canon literario pensó que el periodístico completaría la falla, y viceversa, de modo que el desamparo ha perdurado y todavía no se ha resuelto la desinformación. Territorios casi vírgenes, regiones inexploradas del mapa. Pese a ello, no se trata de lugares tan lóbregos y deshabitados como pudiera parecer, sino que albergan algunas familias de textos heterogéneos cuya confusa estirpe no impide el desarrollo de una brillante calidad. Purgada ya su culpa, el pecado original de su rareza, alzan los brazos para llamar la atención como el náufrago que reclama al avión el rescate de las tierras donde vive entre la invisibilidad y el olvido. 


Raúl González Tuñón
 2. En 1936 el centro del mapa es España. Allí se juega una partida universal, el ensayo donde las dos grandes ideologías miden sus fuerzas para la conflagración que se avecina. España, cuyo nombre adquiere en la época resonancias legendarias, es sinónimo de miedo o esperanza para unos o para otros; para todos es sinónimo de fervor, pues nadie puede quedar al margen de los avatares de una guerra de la que depende el precario equilibrio del mundo. 

Juvencio Valle
El imán español, como es bien sabido, atrae a escritores e intelectuales de todo el mundo, que no quieren desoír los cantos de sirena de la gran epopeya de su tiempo. Celebrado en 1937 en Valencia, Madrid, Barcelona y París, el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura reúne bajo las bombas que buscan el corazón del pueblo a más de cien intelectuales que debaten sobre su papel en la lucha y logran una victoria simbólica para la República, si no en el frente de batalla, al menos sí en la retaguardia cultural. A partir de esta guerra, surgen obras memorables de escritores extranjeros como Por quién doblan las campanas (1940), de Ernest Hemingway; La esperanza (1937), de André Malraux; Homenaje a Cataluña (1938), de George Orwell. 

El hispanista Paul Preston, en su libro Idealistas bajo las balas, repasa la nómina de corresponsales extranjeros que viajan a España para contar al mundo lo que está sucediendo. No hay nada extraño en que los corresponsales de guerra se desplacen allí donde se desata un conflicto para transmitir la información a todos los países; el hecho excepcional, sin embargo, consiste en que entre ellos se encuentran, intrusas (¿intrusas?), muchas de las primeras plumas de la literatura que usurpan las columnas tradicionalmente elaboradas por los periodistas: 
Junto con los corresponsales de guerra profesionales, algunos de ellos veteranos curtidos en Abisinia y otros cuya valía todavía estaba por demostrar, llegaron algunas de las figuras literarias más sobresalientes del mundo: Ernest Hemingway, John Dos Passos, Josephine Herbst y Martha Gellhorn de Estados Unidos; W.H. Auden, Stephen Spender y George Orwell de Gran Bretaña, y André Malraux y Antoine de Saint Exupéry de Francia. Algunos fueron en su condición de izquierdistas; otros, bastantes menos, como derechistas, e infinidad de los que pasaron breves períodos en España pensaban trabajar como reporteros de forma puntual.
Pese a la sólida investigación y a la amena escritura, el libro resulta parcial, pues no hay en él ni una sola mención a los escritores hispanoamericanos, quienes igual que los otros ejercieron como corresponsales en España. Como Hemingway, como Orwell, como Saint-Exupéry, ellos también cuentan la guerra desde el lugar de los hechos. Sin embargo, la mayoría de sus crónicas, que son seguidas con entusiasmo por los lectores de la época, duermen hoy el sueño tan parecido a la muerte de las hemerotecas. 

(Para seguir leyendo este artículo de Jesús Cano Reyes, publicado en el último número de la revista Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, véase: 

Comentarios

  1. El que aparece en la imagen como Raúl González Tuñón es su hermano Enrique. Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por el dato, Diego, ya lo hemos corregido. Un saludo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario