"Pablo Neruda y la Generación del 27", por Álvaro Salvador

La estancia de Pablo Neruda en España fue, sin duda, decisiva en su maduración como poeta y en su trayectoria posterior, en la que se le llegó a identificar como poeta estrechamente comprometido con las reivindicaciones sociales del pueblo hispanoamericano. Su contacto y colaboración con los miembros de la Generación del 27 en un momento de especial significación histórica para los destinos de España y de Europa, tuvo que suponer una importante interrelación en las poéticas de uno y otro lado y en la conformación de lo que la crítica ha definido como “surrealismo hispánico”. Desde una orientación crítica trasatlántica, este trabajo intenta aproximarse a estas relaciones y sentar las bases de varias posibles líneas de investigación complementarias.


Abrimos al azar cualquier álbum fotográfico sobre la Generación del 27, o sobre alguno de los integrantes de la Generación del 27, y hay una instantánea que se repite invariablemente como una especie de marca de fábrica. En esa instantánea, de izquierda a derecha, paseando por la Gran Vía de Madrid algún día del invierno de 1935, podemos identificar, enfundados en sus abrigos, a los poetas José Bergamín, Rafael Alberti, Luis Cernuda y Manuel Altolaguirre. En medio de todos, sin abrigo como Cernuda y tocado con una gorra, el poeta chileno Pablo Neruda.

Antonio Gallego Morell señala muy agudamente que cuando el fotógrafo ambulante lo sorprende paseando por la Gran Vía madrileña con sus amigos españoles, el poeta chileno está plenamente incorporado a una generación en la que es preciso insertarlo para entender mejor su literatura.

Parece incuestionable el hecho de que los años transcurridos en España serán decisivos para la posterior evolución de Pablo Neruda. En España encuentra confirmación para el nuevo camino de experimentación y riesgo que ha emprendido con sus poemas de Residencia en la tierra, así como terreno abonado para el cultivo de la modalidad de surrealismo que más tarde se conocerá como “surrealismo hispánico”. Por otra parte, en España encontrará orientación futura para sus preocupaciones estéticas y vitales, no sólo desde la precipitación histórica que conduce al país a la guerra civil, sino sobre todo desde las opciones estéticas que defenderán poetas muy queridos y respetados por él, como Rafael Alberti o Miguel Hernández. Podemos afirmar, sin mucho temor a equivocarnos, que en su corta, aunque muy intensa estancia en España, Pablo Neruda recibe el reconocimiento necesario a su figura poética y se integra en una comunidad estética que le permitirá sentar las bases de lo que, unos años más tarde, lo transformará en una gigantesca figura intelectual, figura que, como sabemos, trascendió lo estrictamente literario para alcanzar una dimensión política y simbólica de primer orden en toda América Latina.

No obstante, “algo de Neruda”, algo de lo que Neruda arrastraba desde sus profundidades oceánicas y materiales, debió impregnar igualmente a la Generación del 27 y, sobre todo, debió concurrir al momento de cambio, a la inflexión que se estaba produciendo en esos años en la atmósfera poética general de España. Es indudable que, tanto el impacto de Residencia en la tierra, libro decisivo para la puesta en marcha de un tipo de escritura surrealista en lengua española, como la agitación cultural que supone la publicación de la revista Caballo Verde para la Poesía y el manifiesto que el propio Neruda incluye en el primer número con el título de “Sobre una poesía sin pureza”, contribuyen decisivamente al proceso de rehumanización poética que se abre en esos años y se consolida por las necesidades urgentes que provoca el estallido de la Guerra Civil.


Neruda y España

Al comenzar 1934, Pablo Neruda llega a España como cónsul de Chile, destinado primero a Barcelona y más tarde a Madrid. Desde 1927, año en que visitó por primera vez y fugazmente nuestro país, Neruda mantiene contacto con algunas publicaciones como El Sol y la Revista de Occidente que adelantan algunos de los poemas de su libro todavía inédito Residencia en la tierra, y también con Rafael Alberti quien, gracias a un manuscrito facilitado por el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, había difundido los poemas de este libro por todas las tertulias y mentideros literarios madrileños, intentando además editarlo en España. Dos años antes, Neruda había conocido en Buenos Aires a Federico García Lorca, estableciéndose entre ellos inmediatamente una complicidad amistosa muy duradera. Neruda se integró, por tanto, sin ningún esfuerzo en el ambiente –ya consolidado– de la juventud creadora española que en aquellos años giraba casi exclusivamente en torno a la Generación del 27. Con estas palabras lo presentó García Lorca en una lectura celebrada en la Universidad de Madrid, el 6 de diciembre de 1934:

Y digo que os dispongáis para oír a un auténtico poeta de los que tienen sus oídos amaestrados en un mundo que no es el nuestro y que poca gente percibe. Un poeta más cerca de la muerte que de la filosofía; más cerca del dolor que de la inteligencia; más cerca de la sangre que de la tinta. 

El mismo Neruda nos cuenta en algunos textos de memorias las reuniones que celebraba a diario en cafés y bares, o en su propia casa de Argüelles, la famosa “Casa de las flores”, con todos los integrantes del grupo y con algunos otros literatos y artistas como Maruja Mallo, Miguel Hernández, Luis Lacasa, José Caballero, Arturo Serrano Plaja, los hermanos Panero y Luis Rosales:

Cuando regresé a España en 1934, el panorama había cambiado. [...] Mi poesía de Residencia, en fin, fue recibida y aclamada en forma extraordinaria. [...] Pocos poetas han sido tratados como yo en España. Encontré una brillante fraternidad de talentos y un conocimiento pleno de mi obra. 

Efectivamente, la aparición de Residencia en la tierra había causado gran impacto en los jóvenes escritores españoles. (...)

Para seguir leyendo, véase el artículo "Pablo Neruda y la Generación del 27", en la revista LETRAL, nº 10 (junio de 2013), páginas 74-87.

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