Aquella guerra que cruzó el charco. Artículo del diario El País. Madrid.


Aquella guerra que cruzó el charco


A los 22 años el argentino Dardo Cúneo fluctuaba aún entre el estudiante y el periodista cuando una exclusiva resolvió la cuestión. La tripulación del Sant Tomé se amotinó en alta mar. Los marineros no querían desembarcar en Canarias, el puerto previsto, tras su caída en manos de los militares sublevados contra la República. Cúneo publicó en Crítica el 30 de julio de 1936 un artículo con la historia de aquella embarcación que acabaría atracando en Senegal. Él iba a bordo.
Fue la primera de una serie de crónicas sobre la guerra española de Cúneo, que pertenecía a esa estirpe de periodistas con intuición para estar donde había que estar y conocer a quien había que conocer. En Madrid frecuentó a Pablo NerudaAndré MalrauxMaría Teresa León yRafael Alberti. También a Indalecio Prieto y Santiago Carrillo que, vestido con mono y fumando en pipa, le paseó por el frente mientras le decía: “Cuando triunfemos sobre los militares sublevados estaremos en la mitad del camino. Habrá que seguir avanzando. Habrá que cubrir las etapas que conducen hacia el socialismo”. Ese era Carrillo entonces.

Gabriela Mistral dedicó los beneficios de ‘Tala’ a los niños vascos evacuados
Cúneo es uno de los 200 argentinos que desfilan por la colecciónHispanoamérica y la guerra civil española. La voz de los intelectuales, un ambicioso proyecto dirigido por Niall Binns para sumergirse en la respuesta que suscitó en sus antiguas colonias el conflicto desatado en 1936 en la vieja potencia. La obra, que comprende 19 volúmenes publicados por la editorial Calambur y que es el resultado de ocho años de investigación, se ha estrenado este mes con los tomos de Argentina y Ecuador, a los que se sumarán en breve los correspondientes a Chile y Perú. Binns, profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense y estudioso con similar vehemencia de la Guerra Civil y de Nicanor Parra, ha comprobado que el conflicto español se vivió como propio en diferentes sociedades latinoamericanas, movilizadas en campañas a favor de unos y otros. Si pervivían resquemores históricos por el pasado, el conflicto los enterró temporalmente.
Tras la implantación de la República, de hecho, las relaciones se habían saneado. Los estados se miraron de frente, entre iguales. “España deja de ser una potencia decadente y empieza a ser un ejemplo a seguir tras la caída de la monarquía. Expresiones que antes eran rancias o conservadoras como la ‘madre patria’ empiezan a ser patrimonio de los progresistas latinoamericanos”, expone el investigador. La lucha centrifugó las pasiones. “Jamás en los países de Hispanoamérica se había escrito tanto sobre España”, subraya. Poemas, obras teatrales, artículos, panfletos, crónicas, ensayos y cualquier otro género imaginable se puso al servicio de la causa republicana y, en menor medida, la franquista. “¡Cuídate, España, de tu propia España!”, escribió el peruano César Vallejo en su España, aparta de mí este cáliz, el poemario que dedicó al conflicto en 1937, un año antes de morir en París. En el exilio Vallejo escribía sin cortapisas. “Debido a la censura de la dictadura, la mayoría de los textos peruanos a favor de la República se publicarían en Francia, Chile, Argentina o España”, señala Binns.

Borges escribió una necrológica de Unamuno sin citar los hechos del 36
Chile, por el contrario, fue un hervidero. Binns atribuye esta intensidad al “motor” de María Zambrano, instalada en Santiago desde 1937, y a su coyuntura política interior. “Chile sería el tercer país del mundo con un gobierno del Frente Popular después de Francia y España”. Futuras glorias nacionales como Vicente Huidobro o Pablo Neruda se vuelcan con la causa republicana. “Generales/ traidores:/mirad mi casa muerta, mirad España rota”, lloró Neruda, un activo participante de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que luego implantó en Chile.
En los turbulentos treinta, el consulado de Chile en Madrid parecía una puerta giratoria por la que entraban y salían futuros Nobel. Cuenta Niall Binns que Neruda (premiado en 1971) sustituyó en 1935 a Gabriela Mistral (distinguida en 1945), que fue destinada a Lisboa tras la difusión de una carta con juicios poco diplomáticos sobre los españoles. Los detestara o no, Mistral se conmovió tanto ante el drama de los niños vascos evacuados a países europeos que les dedicó los beneficios de su libro Tala. “Es mi mayor asombro, podría decir también que mi más aguda vergüenza, ver a mi América Española cruzada de brazos delante de la tragedia de los niños vascos. En la anchura física y en la generosidad natural de nuestro Continente, había lugar de sobra para haberlos recibido a todos, evitándoles los países de lengua imposible, los climas agrios y las razas extrañas”, escribió en el poemario, donde agradecía a Victoria Ocampo, otro referente de las letras latinoamericanas aquellos días, que hubiese regalado la impresión deTala a través de su editorial. “No es la descastada que suele decirse”, subrayaba Mistral.

Dirigido por Niall Binns, el trabajo comienza en Ecuador y Argentina
Con la argentina Victoria Ocampo hubo sus más y sus menos. Durante las primeras semanas de la guerra, la directora de Sur firmó un manifiesto y se integró en un comité francés de ayuda a la República (la derecha argentina llegaría a llamarla “la Pasionaria de la Aristocracia”), aunque mantuvo a distancia la revista. Sin embargo, la cobertura que Ocampo dio a Gregorio Marañón en Buenos Aires desató una polémica agria en las filas republicanas. “No puedo entender cómo usted (…) ha podido tener ese gesto, creyendo amparar con una aparente, falsa generosidad quijotesca, que usted acaso considera valerosa, la cobardía de ese renegado de todo”, le reprochó José Bergamín en un duro intercambio epistolar.
La causa de los sublevados también encontró eco en América Latina, aunque ni el número ni el renombre de sus simpatizantes fue comparable al que halló la defensa de la República. La ecuatoriana Hortensia Pagés (“Creo en España una, fuerte, privilegiada e invencible”) organizó un comité de auxilio y, en Argentina, resonó la voz del hijo de Leopoldo Lugones, gran poeta modernista y primer intelectual fascista del país (“ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”). El poeta Lugones tuvo la singularidad de guardar silencio con el argumento de que los argentinos no debían opinar sobre asuntos extranjeros, pero su hijo, un comisario que pasó a la historia por perfeccionar la tortura con el uso de la picana eléctrica y el techo (baño en excrementos), escribió al Gobierno de Franco en febrero de 1939 una carta en la que rechazaba la acogida de refugiados republicanos: “Dios quiera que jamás pisen suelo argentino esos trabajadores díscolos embrutecidos con la prédica de Moscú; que tampoco vengan para acá maestros que ya ni siquiera españoles ni nada son (…) Y sobre todo que no aparezcan por tierra de San Martín los intelectuales de izquierda autores directos del tétrico panorama de España”.

"Jamás  se había escrito
tanto sobre España”,
explica el estudioso   
Y, en medio, Borges. Que escribió una necrológica de Unamuno, que primero saludó la rebelión militar y luego la condenó nada más ver la represión, sin citar las circunstancias de sus últimos meses del 36. Cuando le preguntaron si el arte debía estar al servicio del problema social, dijo: “Es una insípida y notoria verdad que el arte no debe estar al servicio de la política. Hablar de arte social es como hablar de geometría vegetariana o de artillería liberal o de repostería endecasílaba”.

Reseña: Colección Hispanoamérica y la guerra civil española, en Babelia


/    

Perdidos en el laberinto de los libros
Manuel Rodríguez Rivero
Babelia, El País, 9/03/2013

La guerra civil española fue experimentada al otro lado del Atlántico (pero allí de modo incruento) también como una guerra hispanoamericana. La República española, que había inaugurado relaciones inéditas, y no siempre fáciles, con las jóvenes repúblicas, había despertado tantos entusiasmos como temores en aquellas nuevas naciones que se miraban en el espejo de las espectaculares transformaciones y de las crecientes tensiones que tenían lugar en la antigua “madre patria”. De modo que, cuando estalló el conflicto, los intelectuales latinoamericanos se posicionaron desde el principio en apoyo de uno u otro de los bandos en lucha y, dentro de ellos, de sus distintos componentes políticos e ideológicos. Niall Binns (Londres, 1965), que dirige desde hace años un ambicioso programa de investigación sobre El impacto de la guerra civil española en la vida intelectual de Hispanoamérica, ha publicado, editados por Calambur con ayudas oficiales, los dos primeros volúmenes (consagrados aArgentina y Ecuador) de su colosal proyecto Hispanoamérica y la guerra civil española, una colección que pretende proporcionar un fresco completo de las muy diversas posiciones de los intelectuales hispanoamericanos a partir de textos (no ficción y poesía, principalmente) rescatados del olvido o rastreados en multitud de libros y publicaciones de la época. Manifestaciones literarias o periodísticas procedentes de escritores de muy distinta formación e intereses, pero que, en todo caso, utilizaban también el conflicto español para reflejar sus posiciones políticas o combatir las de sus adversarios. Binns encuadra suficientemente dichas contribuciones, permitiendo su contextualización al lector no especializado. Entre las muchas sorpresas que me he llevado hojeando el volumen argentino está la del telegrama que, tres días después de la muerte de Primo de Rivera, envió al jefe de la Falange Española en Buenos Aires un grupo de intelectuales argentinos entre los que se encontraba el ultranacionalista Enrique Osés y Leopoldo Marechal, futuro autor de la imprescindible Adán Buenosayres (1948): “En la hora del tránsito de José Antonio, los argentinos que suscriben envían un estrecho abrazo a los falangistas que luchan heroicamente contra los infieles. ¡Arriba España!”. Ya ven: el joven mayor del ejército argentino Juan Domingo Perón, que por aquel entonces ejercía de agregado militar (es decir, de espía más o menos declarado) en el Chile de Arturo Alessandri, no era el único al que atraían los aires totalitarios que llegaban de la Europa mediterránea, y que tan bien casaban con el nacionalismo conservador que se extendía por determinados sectores de la sociedad argentina propiciado por el miedo a las revueltas populares.


http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/07/actualidad/1362658968_949269.html

Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales

(fragmento de la introducción "En defensa de la Madre España. Los intelectuales ecuatorianos y la guerra civil española")


Algo cambió en las relaciones entre España y sus antiguas colonias americanas a partir de la llegada de la República en 1931. En torno a la rancia institución de la Monarquía borbónica flotaban todavía los deshilachados sueños de imperio, los desvaídos recuerdos de una grandeza largo tiempo desaparecida. La República significó un baño de modernidad para España y dio lugar a un nuevo trato con los países hispanoamericanos: en términos de igualdad, fraternales, y sin el paternalismo y las tensiones de antes. El artículo 24 de la nueva Constitución llegaba a ofrecer la ciudadanía a los hispanoamericanos y los brasileños “cuando así lo soliciten y residan en territorio español, sin que pierdan ni modifiquen, su ciudadanía de origen”. Por otra parte, muchas de las reformas ensayadas por la República –reforma agraria, mayor control del estado sobre el ejército, limitación de los poderes religiosos, reforma educativa– permitían que España se convirtiera, en una década de grandes dificultades socioeconómicas en todo Occidente, en un modelo democrático para la izquierda y para muchos liberales hispanoamericanos. Al mismo tiempo, previsiblemente, fue observada con recelos y como un modelo pernicioso y potencialmente peligroso por parte de conservadores y católicos. Estos entusiasmos y fervores, por supuesto, se magnificaron después del 18 de julio de 1936.
            Unos pocos ecuatorianos vivieron en carne propia la guerra, y surgen de sus experiencias algunos de los textos más apasionantes de este libro: es el caso de una becaria anónima que veraneaba en Galicia al comienzo de la guerra, del vice-cónsul en Barcelona Carlos Alberto Muñoz, del cronista “Tupac Amaru” (Enrique Garcés) –que cuenta, sobre todo, las semillas del conflicto inminente en los últimos años de la República–, del brigadista internacional y futuro político Carlos Guevara Moreno, del jesuita Carlos Vela Monsalve y del gran novelista del Grupo de Guayaquil Demetrio Aguilera-Malta. Ahora bien, no hacía falta ser testigo directo de la guerra para sentirla con dolor, con pasión y con una virulenta indignación. Hasta julio de 1936, dice Alfredo Pérez Guerrero, “contemplábamos, como espectadores refinados y cultos, los diversos dramas y sainetes del escenario europeo”, pero éstos agitaban sólo “la superficie de nuestra intelectualidad”, sin provocar más que una “pasajera emoción”. Con la guerra civil, sin embargo, ya no se trataba de “cosas de casa ajena” para los ecuatorianos: “he aquí que, de pronto, desaparecen las bambalinas, decoraciones, oropeles y discursos, y surge algo real y tremendo, que ya no podemos mirar con imparcialidad curiosa y benévola de espectadores, ni dejar de ver tampoco escabullendo nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento”. Porque “la tragedia española es tragedia nuestra”, sentencia (El Día, 21 noviembre 1936). Muchos intelectuales hicieron hincapié en la intensidad del dolor que les inspiraba la guerra, que les hacía vivirla casi como una experiencia propia: “Aquí estamos, con la oreja apegada a la tierra, / oyendo cómo tinieblas”, escribe Alejandro Carrión en “Aquí, España nuestra!”, mientras que en “España de los trabajadores”, de Manuel Agustín Aguirre, la sangre de España “empapa los insomnios de estas noches de plomo”, y Aurora Estrada y Ayala, en su poema dedicado a las madres de los niños muertos en los bombardeos aéreos, habla del “sabor amargo” en la boca, de una “angustia sin palabras” y del llanto que “hoi vuelve a cavarnos surcos en la cara, / más amargo y ardiente, / más corrosivo aún, / porque el martirio de vuestros hijos / nos hiere en la raíz de la Vida / i golpea en nuestra sangre de trabajadoras!”
            Este dolor se convierte en compasión, a veces, pero también en rabia contra el enemigo, contra los perpetradores de tanta destrucción. Muchos poetas y cronistas –como G. Humberto Mata– cargan las tintas de su sarcasmo contra el enemigo “fascista”, aunque el curso de la guerra –una sucesión de derrotas para los republicanos, a pesar de las rimbombantes declaraciones de grandes triunfos, algunos falsos o soñados, otros simplemente efímeros, en las que se especializaba la propaganda gubernamental– ofrecía la ironía despreciativa como un arma más eficaz para los que apoyaban a Franco. Allí están los textos de Felipe V. Carbo sobre el optimismo republicano –contra todas las evidencias– como una buena “terapéutica” para los neuróticos y los “candidatos al suicidio”, la sorna de Isidoro Millán sobre los “émulos de Pirro”, y el ingenio de aristócrata andaluz de Alfonso Ruiz de Grijalba, cuando juega con el desafiante “¡No pasarán!” de los que no dejan de huir, o cuando ridiculiza con sus juegos de palabras a dirigentes como Manuel Azaña y el odiado republicano católico Ángel Ossorio y Gallardo.
            Más allá del dolor, de la compasión, del odio y de la sorna, latía debajo del fervor y la violencia verbal una sensación de impotencia. ¿Para qué servía, hasta qué punto cambiaba las cosas tanta palabra de adhesión, tanta grandilocuencia? Hubo intelectuales extranjeros que viajaron a España para luchar: ahí están los casos del cubano Pablo de la Torriente Brau, muerto en Majadahonda en diciembre de 1936, del francés André Malraux, de los ingleses John Cornford y George Orwell, de los alemanes Ludwig Renn y Gustav Regler y del holandés Jef Last. La lejanía de Ecuador y la situación económica dificultaban, evidentemente, cualquier impulso en este sentido. Se hacía, por tanto, lo que se podía, “pero la tarea efectiva no se ha cumplido aún. Nadie ha querido hacer lo que debía”, aseveraba Jorge Reyes, con la excepción de esos pocos voluntarios. La impotencia no tardaba, así, en convertirse en mala conciencia: “Los otros permanecemos orondamente acomodados en nuestras habitaciones, mientras los bandidos fascistas asesinan mujeres y niños de España. No tenemos el sentido ni la conciencia de nuestra responsabilidad” (El Día, 18 julio 1938). Curiosamente, desde el otro bando hubo intelectuales católicos que mostraban la misma impotencia y mala conciencia: “¡Oh! si estuviéramos cerca, y si Dios nos hubiera favorecido con bienes de fortuna, nosotros también, gustosísimos, hubiéramos corrido a enrolarnos en esas sublimes falanges, que luchan por la fe y la civilización, y llenos de gloria hubiéramos clamado, al caer con las armas en la mano como nuestros héroes españoles: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!” (Dios y Patria, 17 enero 1937).
            De este modo, los escritores ecuatorianos sufrieron la guerra como si fuese en carne propia, se comprometieron intelectual y emocionalmente y sellaron su fervor en sus textos. España, definitivamente, había vuelto a ser no sólo un modelo sino también una madre. La guerra civil permitió que la expresión “Madre Patria”, antes patrimonio de los sectores más conservadores, se resemantizara como término y fuese adoptado también por la izquierda. “Es de observar”, se leía en un editorial de El Telégrafo, que “una vez más, cumple España su destino de madre, que la obliga a ofrendar su sangre, en otra terrible gestación de los siglos. Sea cualquiera el resultado de la guerra española, se está realizando en el seno de su pueblo, como en un cáliz materno, la fecundación de un nuevo espíritu, que alentará en la humanidad futura” (12 diciembre 1937). La diferencia, evidentemente, estaba en la fuente de esa maternidad, que surgía ahora del “pueblo”. (...) 

En el reino de Amado del Pino


 “Me quedaré en España, compañero”,
me dijiste con gesto enamorado.
Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero
en la hierba de España te has quedado.

Recita el poema y habla atropelladamente, arrojando ráfagas de palabras repletas de argot. Asere, dice, y sin detenerse traduce: como si dijéramos tronco, tío. Guataquería, dice, como si dijéramos hacer la pelota. Jeva, dice, como si dijéramos mujer. Y muchos otros términos descarnados que no requieren explicación: “Perdonen la crudeza, pero está a tono con mi teatro”. Parte de su obra teatral, como El zapato Sucio (2000), Penumbra en el noveno cuarto (2002) o Triángulo (2003), se encuadra en lo que la crítica ha denominado Poesía de la Crudeza: “Porque si uno vive en el idioma de Lorca, ¿qué literatura se puede hacer después que a la vez sea teatral? Por eso es más original lo que yo he intentado con la Poesía de la Crudeza; es decir, la poesía de la mala palabra cubana, el refrán, el dicharacho, el bolero…”. Por otra parte, esta búsqueda de lo popular, asumida siempre con una factura rigurosa, es el mejor homenaje a Lorca, a quien cita con admiración rendida, igual que a Lope, como se puede apreciar en sus obras (especialmente en Triángulo). Un oído en la calle y otro en el Parnaso.

Tibia mañana de marzo. Estamos con Amado del Pino (Tamarindo, Ciego de Ávila, Cuba, 1960) en el bar León de la Avenida Palomeras, en pleno corazón del madrileño barrio de Vallecas: “Vallecas era tan sólo el campo cuando Maruja Mallo traía a Miguel Hernández, ya era un pueblecito en La estanquera de Vallecas, hoy es un barrio industrial como podría ser Alamar en La Habana. Pero, ¿qué es Vallecas en verdad, profundamente?”. Hace seis años que Amado vive entre España y Cuba: pasó casi cuatro años en Murcia y lleva otros dos en Madrid, sobrevolando el Atlántico con frecuencia. Sin embargo, su teatro dialoga siempre con su tierra natal. En septiembre de 2011 lo vimos en La Habana para el estreno de su obra Cuatro menos, que recibió el Premio Carlos Arniches de Alicante. El teatro Bertold Brecht, situado en el barrio del Vedado, reventaba de gente, con espectadores en el suelo y en las escaleras, viviendo la representación de manera visceral, asintiendo, aplaudiendo, riendo nerviosamente. La obra es muy crítica y plantea de manera abierta todas las cuestiones delicadas que complican la Cuba de hoy: “Aunque cierta crítica lo ha considerado un defecto, Cuatro menos es, voluntariamente, la menos literaria de mis obras, y la más ibseniana, cívica y periodística: hay observación de la realidad y pronunciamiento sobre ella”.

No obstante, sí hay mucho de España en una de sus obras, de brillante orfebrería poética: Reino dividido gira en torno a la Guerra Civil española y a la amistad que unió a Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau. Gracias a esta obra, estrenada en La Habana, Amado del Pino cumplió el sueño de representar en España y en 2010 recorrió Orihuela, Alicante, Granada, Sevilla, Linares y León, conmemorando así el centenario de Miguel Hernández. “Hubo funciones preciosas, como la de Alicante, que coincidió con los días del aniversario de la muerte de Miguel y estaba llena de gente hernandiana, o la de Linares, donde gracias a Andrés Sorel, muy amigo de la cultura cubana, se celebró un evento de tres días y, como clausura, en lugar de un discurso, fue la puesta en escena de la obra. Eso fue muy lindo”. Amado rememora aquellos días y su gesto, risueño a lo largo de todo el encuentro, es ahora radiante: “Un periodista me dijo una vez que esta era la obra de Miguel Hernández que no se había escrito en España. Sería pedante que yo dijera eso, cuando es tan sólo la humilde versión cubana”.

La obra es el fruto de una investigación auspiciada por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau (y su director Víctor Casaus, gran especialista de Pablo de la Torriente) y la Fundación Cultural Miguel Hernández, realizada por Amado del Pino y Tania Cordero, periodista, gestora cultural y, además, su mujer. A partir de los pocos datos conocidos sobre el encuentro entre ambos escritores, del Pino fabula toda la historia: “La vida documentada de los encuentros entre Miguel Hernández y Pablo de la Torriente cabe en un pliego. Ambos se conocen y Pablo nombra a Miguel Comisario de Cultura. Cuando cae Pablo, que cae muy temprano, en diciembre del 36 en Majadahonda, Miguel hace un extraordinario poema: la ‘Elegía segunda’ (la primera había sido a la muerte de García Lorca): ‘Me quedaré en España, compañero / me dijiste con gesto enamorado […] porque este es de los muertos que crecen y se agrandan / aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto’. Después Miguel escribe una obra, Pastor de la muerte (para mi gusto no muy buena, como todas las de Miguel, que es uno de los más grandes poetas de la lengua pero un dramaturgo muy estático), donde a uno de los personajes, que es un trasunto de Pablo, lo llama El Cubano. Eso es lo que hay documentado; el resto es mío, todo es inventado”. Es precisamente un descubrimiento realizado durante la investigación el detonante para escribir Reino dividido: “No cabe duda de que la ‘Elegía a Ramón Sijé’ de Miguel Hernández es una de las grandes elegías del idioma, junto a las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. Sin embargo, en Orihuela descubro que Miguel y Ramón están peleados cuando este fallece. Miguel pensaría: ‘Tengo veintitantos años y una vida entera para reconciliarme con él’, pero de pronto su amigo se muere. Ahí hay un nivel dramático; cuando yo me entero de que Sijé y Miguel están enfrentados por razones políticas, e incluso religiosas, me digo: esta obra hay que escribirla”.

Además de sus dos protagonistas indiscutibles, por la obra desfilan más de cuarenta personajes, como Federico García Lorca, Pablo Neruda, Miguel Altolaguirre, José María Chacón y Calvo, María Zambrano o Teté Casuso, la esposa de Pablo de la Torriente, que fascina al dramaturgo: “Teté Casuso me interesaba mucho, pues fue un personaje apasionante: poeta medio mala, porque es una especie de eco de Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, y al mismo tiempo chévere, pues es una de las primeras poetas feministas. Además, ayuda a Fidel Castro en la expedición del Granma pero termina mal con la Revolución. Cuando se escribe Reino dividido, el nombre de Teté Casuso, que había sido la musa, la muchacha, la adoración de Pablo de la Torriente Brau, no ha aparecido en un medio público cubano desde hace treinta años”.

Paralelamente a Reino dividido, cuyo texto está editado por el Centro Pablo, Amado escribió a cuatro manos con Tania Cordero una monografía, todavía inédita, titulada Los amigos cubanos de Miguel Hernández, que analiza el papel de los cubanos en el Congreso de Escritores Antifascistas de 1937 en Valencia, el de los oradores (y los que no lo fueron) del homenaje a Miguel Hernández en La Habana en enero de 1943, y la recepción de su obra en Cuba desde la Revolución. “Tania y yo trabajamos en el libro mucho más que en la obra. Pero bueno, ahí está, sin editor, esperando la lotería o mejores tiempos…”.

La conversación se extiende, se bifurca, va y viene por numerosos temas, como el periodismo (la otra profesión), el cine (la otra pasión) o su eterno retorno a la isla de Cuba. “Sueño dormido y despierto con volver”. Y qué es lo que te retiene en Madrid, le preguntamos. “El amor, ¿les parece poco?”, afirma travieso, consciente de que está diciendo tan sólo una verdad a medias. Del Pino ha sido jurado del Premio Tirso de Molina, ha impartido talleres de teatro y conferencias en la Universidad Menéndez Pelayo y en la Universidad de Alicante. Y, por supuesto, escribe.

Al salir de la cafetería y caminar de regreso al metro por la Avenida de Buenos Aires, nos encontramos a Tania Cordero. “Miren, por ahí viene mi mujer, no le cuenten nada de lo que hemos hablado, no he dicho malas palabras, ¿verdad?”. Amado el hombre y el dramaturgo del Pino: las dos caras de la misma moneda reluciente entre Madrid y La Habana.

La matanza de los inocentes. Intelectuales cubanas en defensa del niño español

En sus meses iniciales, en zona republicana, la guerra civil española significó una efímera época de conquistas para la mujer, una confirmación de los avances que ya había conseguido desde el derrocamiento de la monarquía en 1931. La figura de la miliciana, durante las primeras semanas o meses del conflicto, fue explotada como una anécdota pintoresca por la prensa mundial pero significó, en la práctica, que la mujer se sentía con pleno derecho de luchar codo a codo con sus compañeros milicianos en el frente. De ahí surgieron las heroínas, las mujeres-mártires celebradas por la propaganda republicana: Lina Odena y Paca Solano. Al mismo tiempo, en esos frenéticos inicios del conflicto español, hubo mujeres que ocuparon por vez primera los lugares de trabajo dejados libres por los hombres en las fábricas. Estas conquistas pronto se frenaron. Con el paso del tiempo y la organización del Ejército Popular, las mujeres fueron retiradas del frente y su papel volvió, poco a poco, a ser el de todos los tiempos y todas las guerras: la mujer que espera en casa al hombre ausente; la mujer-viuda, que llora la muerte de su esposo; la madre desolada que llora la muerte de sus hijos. Incluso en el ámbito laboral, cada vez más se hacía hincapié en las labores tradicionales de la mujer: la de cuidar a los heridos y los enfermos; la de coser prendas y mantas para los que luchaban en el frente. Eran labores de esposa, labores de madre, no de la nueva mujer libre de la República.

Esta segunda etapa de la guerra (el Ejército Popular empezó a formarse a mediados de octubre), coincidió para la mujer republicana con un cambio de estrategia, una verdadera innovación bélica del ejército de Franco: los bombardeos de las ciudades abiertas, que se ensayaron con secuelas devastadoras en Madrid. Se trataba de una novedad en más de un sentido: las víctimas no eran ya, como en la Gran Guerra, sólo los soldados en las trincheras, sino los habitantes de la retaguardia; es decir, mujeres, ancianos, niños. Era algo inaudito en la historia de las guerras, y sucedía, además, en una lucha inaudita por otro motivo: la guerra civil fue la primera guerra mediática de la historia. Es decir, el horror de esas víctimas civiles fue divulgado por los medios de comunicación masiva en imágenes escalofriantes que llegaban a todo Occidente. Con fines propagandísticos, la República decidió, en su campaña de divulgación de las imágenes de los bombardeos, centrarse en el niño como víctima: niños muertos en los bombardeos, cuyos cadáveres habían sido sacados a duras penas de los escombros y puestos en fila, numerados en su anonimato, esperando la identificación; niños muertos en los brazos de sus madres; huérfanos que vagaban entre las ruinas de una casa en busca de sus padres; y los niños evacuados, que abandonaban España entre el llanto de sus familiares, para aguardar el triunfo o la derrota de la República en México, en Inglaterra o en Rusia.

En pocos países del mundo suscitó la guerra civil pasiones tan encendidas como en Cuba. Jorge Domingo Cuadriello señala que se trata de una “reacción lógica”, si se toman en cuenta “los estrechos vínculos históricos, culturales, religiosos e incluso familiares entre españoles y cubanos, así como la existencia entonces en la Isla de una numerosa e influyente comunidad de naturales de España”. El interés por la guerra no se limitó a la colonia española. La sociedad cubana estaba altamente politizada desde la época de la resistencia contra el dictador de Gerardo Machado (derrocado en 1933), y fueron muchos los que sentían la guerra española como suya propia. Viajaron a España para defender la República un millar de voluntarios y se ha dicho que “desde el punto de vista proporcional a su población el pueblo cubano fue el que mayor número de voluntarios aportó a dicha contienda antifascista”. Dentro de la isla, grupos de intelectuales, sindicatos, partidos de izquierda y organizaciones estudiantiles y masónicas organizaron numerosos actos de apoyo a la República, homenajes a muertos ilustres de la guerra (como Federico García Lorca), manifiestos, manifestaciones y colectas para recaudar fondos, ropa, cigarrillos y leche condensada para la República. De particular importancia, para los propósitos de este artículo, son las labores de la Asociación de Auxilio al Niño del Pueblo Español, fundada en La Habana en marzo de 1937. En ella, las mujeres intelectuales tuvieron un protagonismo central: Teté Casuso fue la presidente y el gran logro de la Asociación, la Casa-Escuela Pueblo de Cuba instaurada en Sitges, fue dirigida por una de las vice-presidentas, la educadora Rosa Pastora Leclerc. (...)

“Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país”, ha dicho Susan Sontag en su libro Ante el dolor de los demás, “es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas. Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de las salas de estar”. Desde la lejana retaguardia cubana, se observó el espectáculo calamitoso de la guerra civil con fervorosa atención. En las siguientes páginas, me referiré brevemente a la manera en que siete intelectuales cubanas –Mariblanca Sabas Alomá, Serafina Núñez, Berta Arocena, Mirta Aguirre, Fina García Marruz, Emma Pérez y Teté Casuso– vivieron, sufrieron y escribieron sobre la guerra civil sin la necesidad de pisar España durante los años del conflicto. Los bombardeos de las grandes ciudades convocarían en ellas una respuesta maternal, que chocaba, en cierta medida, con la autonomía de la mujer –la liberación de las ataduras de género, de los papeles tradicionales de madre y esposa– que era, que estaba siendo, una conquista de la modernidad. Durante la guerra civil, las víctimas infantiles obligaban a estas siete intelectuales –todas ellas militantes comunistas o compañeras de viaje– a invertir los avances y volver a asumir, por exigencia de las circunstancias, el papel de madre o sustituto de madre. ....

El artículo completo puede leerse en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura.

Una plaga de romances. El impacto de la muerte de Federico García Lorca en la poesía chilena

A finales de los años treinta, los dos poetas más leídos, venerados e imitados de la lengua española eran Federico García Lorca y Pablo Neruda. Lorca, para la gran mayoría de los lectores de Hispano-américa, era un autor de romances. El aire popular y las deslumbrantes imágenes del Romancero gitano producían tanta fascinación como el granadino mismo, que había conquistado con su simpatía y su ingenio los tres países hispanoamericanos que visitó: Cuba (7 de marzo-12 de junio de 1930), Argentina (13 de octubre de 1933-27 de marzo de 1934) y Uruguay (30 de enero-16 de febrero de 1934).

Cuesta imaginar hasta qué punto el personaje y la poesía de Lorca transformaron la imagen que se tenía de España en esos países, acostumbrados a intelectuales doctos, académicos, ligeramente prepotentes y más que ligeramente casposos. En efecto, Lorca ya había llegado a América –en persona y con el Romancero– como una ráfaga de oxígeno, antes de convertirse, a partir de agosto de 1936, en el poeta mártir de la guerra española, la prueba tangible –según los ojos escandalizados del mundo intelectual– de que el fascismo había emprendido una lucha a muerte contra la cultura. Neruda, por su parte, seguía seduciendo a lectores tradicionales con el sabor agridulce de sus Veinte poemas... pero, como Lorca también (aunque Poeta en Nueva York era escasamente conocido y sólo se publicó como libro en 1940), había evolucionado en su escritura y había impresionado a las nuevas generaciones de poetas con el oscuro versolibrismo de Residencia en la tierra. A partir de septiembre de 1936, visceralmente conmovido por la muerte de su amigo Federico y por los bombardeos de Madrid, había cambiado de rumbo y ejercía a partir de entonces como un torrencial poeta militante.

En los últimos años de la década de los treinta esta doble influencia –Lorca y Neruda, Neruda y Lorca– se hizo sentir en toda Hispano-américa. En Monte-video, por ejemplo, en julio de 1939, ya se estaba hartando del tándem el joven Juan Carlos Onetti, que en uno de los primeros números de Marcha (con el pseudónimo «Periquito el Aguador») lamentaría que "‘d’apres’ Neruda y García Lorca, una nueva retórica se ha formado entre nosotros. Poetas de izquierda y de derecha, poetas y poetisas del centro, todos están contagiados de los visibles sistemas del español y el chileno".

En el campo literario chileno, el peso de la figura siempre polémica de Neruda es evidente; no obstante, durante los años de la Guerra Civil española la figura de Lorca como autor de romances desató en Chile un verdadero ejército de imitadores, algunos de los cuales –Nicanor Parra, Gonzalo Rojas– se convertirían más tarde en los grandes herederos de la generación de Neruda.

(Para seguir leyendo este artículo de los investigadores Matías Barchino Pérez y Niall Binns, véase el siguiente link: Una plaga de romances)


Invisible presencia de Enrique Amorim

El amante uruguayo. Una historia real. Santiago Roncagliolo. Jaén: Alcalá Grupo Editorial, 2012.

A mediados de septiembre de 1936, el diario bonaerense Crítica publica unas palabras de Enrique Amorim sobre la muerte de Lorca:

Federico no ha muerto. No puedo imaginar su pecho adelantado al viento y a las balas; su magnífica cabeza echada para atrás, sus brazos en cruz, contra un muro de piedra, con toda España a sus espaldas, como si con su cuerpo impidiese pasar adelante a los nuevos bárbaros.
Ahora se publica en España El amante uruguayo, ensayo de Santiago Roncagliolo que rescata del olvido la figura del escritor Enrique Amorim. El acertado título tiende al lector una trampa y una pista al mismo tiempo: aunque en un primer momento pueda pensarse que el libro relatará una tórrida y sorprendente historia de amor entre el uruguayo y el célebre artista Federico García Lorca, en realidad hay que centrarse en el significado de la palabra “amante”, que remite necesariamente a otra persona; ese será el destino de Enrique Amorim, protagonista en la sombra, fotógrafo presente tras el objetivo, personaje que para franquear las puertas de la posteridad necesita de la acreditación de los grandes nombres a los que acompañó. En este libro, Amorim, siempre el otro, siempre el rostro oculto, es el hilo vertebrador del que se sirve Roncagliolo para recrear de manera amena la Historia de buena parte de la literatura y el arte de la primera mitad del siglo XX.

El retrato de la portada muestra a Amorim y Lorca vestidos de riguroso blanco, aferrando sendas jarras de cerveza. Amorim, con una pajarita negra como una mariposa (¿o es un murciélago?) que ascendiera revoloteando hacia su cuello, sonríe a la cámara, posando orgulloso junto al gigante y ya paradójicamente inmortal poeta granadino. Este, en cambio, sin ninguna mariposa nacida de su estómago, ofrece un rostro más serio, con los labios cerrados, probablemente repitiendo por enésima vez su mirada aprendida de seductor. La imagen resulta bastante significativa de lo que fue la vida de Amorim, deseoso de aparecer en las fotografías junto a sus ídolos indiferentes pero condenado en la mayoría de ocasiones a ejercer como el ser invisible que pulsa el obturador detrás del aparato.

Aunque no hay datos suficientes para corroborarlo, Roncagliolo propone la hipótesis de que Amorim pudo ser el gran amor de Lorca durante su viaje a Argentina y Uruguay en 1933 y 1934. Un par de cartas sin respuesta conservada, algunos mensajes cifrados entre líneas y el enigmático monumento levantado por Amorim en su Salto natal en 1953, permiten trazar una historia de amor o de desamor que el asesinato de Lorca a comienzos de la Guerra Civil española no interrumpió, sino que alentó al uruguayo en sus decisiones siguientes a lo largo de su vida. Es posible que sucediera como imagina Roncagliolo, es posible que no, pero seguramente no importe demasiado: la conjetura permite sacar a escena a personajes de la talla de Jacinto Benavente, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Oliverio Girondo, Norah Lange, Horacio Quiroga, Pablo Picasso, Louis Aragon y muchos más. El libro recoge numerosas anécdotas de las intimidades de todos ellos y pone al descubierto los romances y las envidias, las amistades y los intereses que en cierto modo llevaron a la creación de obras como Ficciones, Canto General o el Guernica. Así, por poner un ejemplo, una de estas historias recupera una conversación irresistible entre Borges y Lorca:

Otro que se decepcionó con Federico fue Jorge Luis Borges, que estaba destinado a convertirse en el escritor argentino más importante del siglo XX. Según Borges, durante su única conversación, Federico disertó largamente sobre un personaje que, en su opinión, encarnaba toda la tragedia de los Estados Unidos. Borges le preguntó de quién estaba hablando exactamente. ¿De Lincoln quizá? ¿O de Edgar Allan Poe? Pero Federico respondió:

– De Mickey Mouse.

Borges abandonó la conversación, y a partir de ese momento, consideró a Federico un farsante, o según lo definiría él mismo, “un andaluz profesional” (p. 25).

En el conjunto de un libro logrado globalmente, cabe sin embargo objetar a Roncagliolo algunas aseveraciones osadas y conclusiones cogidas con alfileres. En la descripción de la vida madrileña de Neruda antes de la guerra, dominan palabras como “dolorosos”, “desgracia”, “conflictos”, “crisis”, “infierno”; en realidad, tras el aislamiento que había supuesto su vida como diplomático en el Oriente, y a pesar de la grave enfermedad de su hija, los años madrileños son para Neruda una etapa de felicidad y de comunión sentimental y literaria con sus amigos poetas, quienes lo reciben con admiración y fraternidad. Por otra parte, cuando se conservan tan pocos datos, ¿se puede asegurar con tanta rotundidad que Federico fuera para Amorim “el hombre más importante de su existencia” (p. 167)? Es posible que, debido a la serie de hipótesis indemostrables que conducen el libro (lo cual sea dicho, no es culpa del autor), esta historia ambiciosa hubiera requerido, en lugar de un sugestivo ensayo como este, una novela fascinante, donde las concesiones a la ficción harían más verosímil y más real la “historia real” que promete el subtítulo. Es posible también que al mismo tiempo este sea el mérito del libro: el anhelo en el lector de ver en movimiento a través de una narración literaria algunas imágenes como la de la portada, con la pajarita de Amorim convertida en una mariposa volando entre los dos, desvelando en el dibujo de su vuelo los secretos que llevaron a su tumba los protagonistas (los titanes) de este relato.

Artistas en la Guerra Civil Española: Gustavo Cochet

El pintor y grabador Gustavo Cochet (Rosario, Argentina, 1894-1979) llegó por primera vez a España en 1915. Vivió cinco años en Barcelona, otros ocho en París, y en 1934 regresó a una España ya convertida en República. Militante de la CNT y la FAI, se convirtió en uno de los artistas anarquistas más destacados de la guerra civil, preparando una serie de 30 aguafuertes titulados "Caprichos". Como escribió el propio Cochet, en el frontispicio de la colección, "Mis

Caprichos como los de Callot y Goya son el reflejo de los horrores de la guerra, sus miserias y angustias como así las esperanzas y heroísmos de un pueblo que se repite en la historia y se repetirá siempre, mientras domine la maldad en los hombres".

La investigadora argentina Laura Karp Lugo ha publicado últimamente
el siguiente artículo: "Los Caprichos de Gustavo Cochet, memorias de la Guerra Civil".