Hispanoamericanos en la Guerra Civil Española
Esta página virtual forma parte del proyecto de investigación: El impacto de la Guerra Civil Española en la vida intelectual de Hispanoamérica. MEC: HUM2007-64910/FILO. MCI: FFI2011-28618
Aquella guerra que cruzó el charco. Artículo del diario El País. Madrid.
Reseña: Colección Hispanoamérica y la guerra civil española, en Babelia
/ Perdidos en el laberinto de los libros
Manuel Rodríguez Rivero
Babelia, El País, 9/03/2013
La guerra civil española fue experimentada al otro lado del Atlántico (pero allí de modo incruento) también como una guerra hispanoamericana. La República española, que había inaugurado relaciones inéditas, y no siempre fáciles, con las jóvenes repúblicas, había despertado tantos entusiasmos como temores en aquellas nuevas naciones que se miraban en el espejo de las espectaculares transformaciones y de las crecientes tensiones que tenían lugar en la antigua “madre patria”. De modo que, cuando estalló el conflicto, los intelectuales latinoamericanos se posicionaron desde el principio en apoyo de uno u otro de los bandos en lucha y, dentro de ellos, de sus distintos componentes políticos e ideológicos. Niall Binns (Londres, 1965), que dirige desde hace años un ambicioso programa de investigación sobre El impacto de la guerra civil española en la vida intelectual de Hispanoamérica, ha publicado, editados por Calambur con ayudas oficiales, los dos primeros volúmenes (consagrados aArgentina y Ecuador) de su colosal proyecto Hispanoamérica y la guerra civil española, una colección que pretende proporcionar un fresco completo de las muy diversas posiciones de los intelectuales hispanoamericanos a partir de textos (no ficción y poesía, principalmente) rescatados del olvido o rastreados en multitud de libros y publicaciones de la época. Manifestaciones literarias o periodísticas procedentes de escritores de muy distinta formación e intereses, pero que, en todo caso, utilizaban también el conflicto español para reflejar sus posiciones políticas o combatir las de sus adversarios. Binns encuadra suficientemente dichas contribuciones, permitiendo su contextualización al lector no especializado. Entre las muchas sorpresas que me he llevado hojeando el volumen argentino está la del telegrama que, tres días después de la muerte de Primo de Rivera, envió al jefe de la Falange Española en Buenos Aires un grupo de intelectuales argentinos entre los que se encontraba el ultranacionalista Enrique Osés y Leopoldo Marechal, futuro autor de la imprescindible Adán Buenosayres (1948): “En la hora del tránsito de José Antonio, los argentinos que suscriben envían un estrecho abrazo a los falangistas que luchan heroicamente contra los infieles. ¡Arriba España!”. Ya ven: el joven mayor del ejército argentino Juan Domingo Perón, que por aquel entonces ejercía de agregado militar (es decir, de espía más o menos declarado) en el Chile de Arturo Alessandri, no era el único al que atraían los aires totalitarios que llegaban de la Europa mediterránea, y que tan bien casaban con el nacionalismo conservador que se extendía por determinados sectores de la sociedad argentina propiciado por el miedo a las revueltas populares.
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/07/actualidad/1362658968_949269.html
Ecuador y la guerra civil española. La voz de los intelectuales
En el reino de Amado del Pino
Además
de sus dos protagonistas indiscutibles, por la obra desfilan más de cuarenta
personajes, como Federico García Lorca, Pablo Neruda, Miguel Altolaguirre, José
María Chacón y Calvo, María Zambrano o Teté Casuso, la esposa de Pablo de la
Torriente, que fascina al dramaturgo: “Teté Casuso me interesaba mucho, pues
fue un personaje apasionante: poeta medio mala, porque es una especie de eco de
Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, y al mismo tiempo chévere, pues es una de las primeras poetas feministas. Además,
ayuda a Fidel Castro en la expedición del Granma pero termina mal con la
Revolución. Cuando se escribe Reino dividido,
el nombre de Teté Casuso, que había sido la musa, la muchacha, la adoración de
Pablo de la Torriente Brau, no ha aparecido en un medio público cubano desde
hace treinta años”.
La
conversación se extiende, se bifurca, va y viene por numerosos temas, como el periodismo
(la otra profesión), el cine (la otra pasión) o su eterno retorno a la isla de
Cuba. “Sueño dormido y despierto con volver”. Y qué es lo que te retiene en
Madrid, le preguntamos. “El amor, ¿les parece poco?”, afirma travieso,
consciente de que está diciendo tan sólo una verdad a medias. Del Pino ha sido
jurado del Premio Tirso de Molina, ha impartido talleres de teatro y
conferencias en la Universidad Menéndez Pelayo y en la Universidad de Alicante.
Y, por supuesto, escribe.La matanza de los inocentes. Intelectuales cubanas en defensa del niño español

En sus meses iniciales, en zona republicana, la guerra civil española significó una efímera época de conquistas para la mujer, una confirmación de los avances que ya había conseguido desde el derrocamiento de la monarquía en 1931. La figura de la miliciana, durante las primeras semanas o meses del conflicto, fue explotada como una anécdota pintoresca por la prensa mundial pero significó, en la práctica, que la mujer se sentía con pleno derecho de luchar codo a codo con sus compañeros milicianos en el frente. De ahí surgieron las heroínas, las mujeres-mártires celebradas por la propaganda republicana: Lina Odena y Paca Solano. Al mismo tiempo, en esos frenéticos inicios del conflicto español, hubo mujeres que ocuparon por vez primera los lugares de trabajo dejados libres por los hombres en las fábricas. Estas conquistas pronto se frenaron. Con el paso del tiempo y la organización del Ejército Popular, las mujeres fueron retiradas del frente y su papel volvió, poco a poco, a ser el de todos los tiempos y todas las guerras: la mujer que espera en casa al hombre ausente; la mujer-viuda, que llora la muerte de su esposo; la madre desolada que llora la muerte de sus hijos. Incluso en el ámbito laboral, cada vez más se hacía hincapié en las labores tradicionales de la mujer: la de cuidar a los heridos y los enfermos; la de coser prendas y mantas para los que luchaban en el frente. Eran labores de esposa, labores de madre, no de la nueva mujer libre de la República.

Esta segunda etapa de la guerra (el Ejército Popular empezó a formarse a mediados de octubre), coincidió para la mujer republicana con un cambio de estrategia, una verdadera innovación bélica del ejército de Franco: los bombardeos de las ciudades abiertas, que se ensayaron con secuelas devastadoras en Madrid. Se trataba de una novedad en más de un sentido: las víctimas no eran ya, como en la Gran Guerra, sólo los soldados en las trincheras, sino los habitantes de la retaguardia; es decir, mujeres, ancianos, niños. Era algo inaudito en la historia de las guerras, y sucedía, además, en una lucha inaudita por otro motivo: la guerra civil fue la primera guerra mediática de la historia. Es decir, el horror de esas víctimas civiles fue divulgado por los medios de comunicación masiva en imágenes escalofriantes que llegaban a todo Occidente. Con fines propagandísticos, la República decidió, en su campaña de divulgación de las imágenes de los bombardeos, centrarse en el niño como víctima: niños muertos en los bombardeos, cuyos cadáveres habían sido sacados a duras penas de los escombros y puestos en fila, numerados en su anonimato, esperando la identificación; niños muertos en los brazos de sus madres; huérfanos que vagaban entre las ruinas de una casa en busca de sus padres; y los niños evacuados, que abandonaban España entre el llanto de sus familiares, para aguardar el triunfo o la derrota de la República en México, en Inglaterra o en Rusia.
En pocos países del mundo suscitó la guerra civil pasiones tan encendidas como en Cuba. Jorge Domingo Cuadriello señala que se trata de una “reacción lógica”, si se toman en cuenta “los estrechos vínculos históricos, culturales, religiosos e incluso familiares entre españoles y cubanos, así como la existencia entonces en la Isla de una numerosa e influyente comunidad de naturales de España”. El interés por la guerra no se limitó a la colonia española. La sociedad cubana estaba altamente politizada desde la época de la resistencia contra el dictador de Gerardo Machado (derrocado en 1933), y fueron muchos los que sentían la guerra española como suya propia. Viajaron a España para defender la República un millar de voluntarios y se ha dicho que “desde el punto de vista proporcional a su población el pueblo cubano fue el que mayor número de voluntarios aportó a dicha contienda antifascista”. Dentro de la isla, grupos de intelectuales, sindicatos, partidos de izquierda y organizaciones estudiantiles y masónicas organizaron numerosos actos de apoyo a la República, homenajes a muertos ilustres de la guerra (como Federico García Lorca), manifiestos, manifestaciones y colectas para recaudar fondos, ropa, cigarrillos y leche condensada para la República. De particular importancia, para los propósitos de este artículo, son las labores de la Asociación de Auxilio al Niño del Pueblo Español, fundada en La Habana en marzo de 1937. En ella, las mujeres intelectuales tuvieron un protagonismo central: Teté Casuso fue la presidente y el gran logro de la Asociación, la Casa-Escuela Pueblo de Cuba instaurada en Sitges, fue dirigida por una de las vice-presidentas, la educadora Rosa Pastora Leclerc. (...)
“Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país”, ha dicho Susan Sontag en su libro Ante el dolor de los demás, “es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas. Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de las salas de estar”. Desde la lejana retaguardia cubana, se observó el espectáculo calamitoso de la guerra civil con fervorosa atención. En las siguientes páginas, me referiré brevemente a la manera en que siete intelectuales cubanas –Mariblanca Sabas Alomá, Serafina Núñez, Berta Arocena, Mirta Aguirre, Fina García Marruz, Emma Pérez y Teté Casuso– vivieron, sufrieron y escribieron sobre la guerra civil sin la necesidad de pisar España durante los años del conflicto. Los bombardeos de las grandes ciudades convocarían en ellas una respuesta maternal, que chocaba, en cierta medida, con la autonomía de la mujer –la liberación de las ataduras de género, de los papeles tradicionales de madre y esposa– que era, que estaba siendo, una conquista de la modernidad. Durante la guerra civil, las víctimas infantiles obligaban a estas siete intelectuales –todas ellas militantes comunistas o compañeras de viaje– a invertir los avances y volver a asumir, por exigencia de las circunstancias, el papel de madre o sustituto de madre. ....
El artículo completo puede leerse en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura.
Una plaga de romances. El impacto de la muerte de Federico García Lorca en la poesía chilena

A finales de los años treinta, los dos poetas más leídos, venerados e imitados de la lengua española eran Federico García Lorca y Pablo Neruda. Lorca, para la gran mayoría de los lectores de Hispano-américa, era un autor de romances. El aire popular y las deslumbrantes imágenes del Romancero gitano producían tanta fascinación como el granadino mismo, que había conquistado con su simpatía y su ingenio los tres países hispanoamericanos que visitó: Cuba (7 de marzo-12 de junio de 1930), Argentina (13 de octubre de 1933-27 de marzo de 1934) y Uruguay (30 de enero-16 de febrero de 1934).
Cuesta imaginar hasta qué punto el personaje y la poesía de Lorca transformaron la imagen que se tenía de España en esos países, acostumbrados a intelectuales doctos, académicos, ligeramente prepotentes y más que ligeramente casposos. En efecto, Lorca ya había llegado a América –en persona y con el Romancero– como una ráfaga de oxígeno, antes de convertirse, a partir de agosto de 1936, en el poeta mártir de la guerra española, la prueba tangible –según los ojos escandalizados del mundo intelectual– de que el fascismo había emprendido una lucha a muerte contra la cultura. Neruda, por su parte, seguía seduciendo a lectores tradicionales con el sabor agridulce de sus Veinte poemas... pero, como Lorca también (aunque Poeta en Nueva York era escasamente conocido y sólo se publicó como libro en 1940), había evolucionado en su escritura y había impresionado a las nuevas generaciones de poetas con el oscuro versolibrismo de Residencia en la tierra. A partir de septiembre de 1936, visceralmente conmovido por la muerte de su amigo Federico y por los bombardeos de Madrid, había cambiado de rumbo y ejercía a partir de entonces como un torrencial poeta militante.

En los últimos años de la década de los treinta esta doble influencia –Lorca y Neruda, Neruda y Lorca– se hizo sentir en toda Hispano-américa. En Monte-video, por ejemplo, en julio de 1939, ya se estaba hartando del tándem el joven Juan Carlos Onetti, que en uno de los primeros números de Marcha (con el pseudónimo «Periquito el Aguador») lamentaría que "‘d’apres’ Neruda y García Lorca, una nueva retórica se ha formado entre nosotros. Poetas de izquierda y de derecha, poetas y poetisas del centro, todos están contagiados de los visibles sistemas del español y el chileno".


En el campo literario chileno, el peso de la figura siempre polémica de Neruda es evidente; no obstante, durante los años de la Guerra Civil española la figura de Lorca como autor de romances desató en Chile un verdadero ejército de imitadores, algunos de los cuales –Nicanor Parra, Gonzalo Rojas– se convertirían más tarde en los grandes herederos de la generación de Neruda.
(Para seguir leyendo este artículo de los investigadores Matías Barchino Pérez y Niall Binns, véase el siguiente link: Una plaga de romances)
Invisible presencia de Enrique Amorim

A mediados de septiembre de 1936, el diario bonaerense Crítica publica unas palabras de Enrique Amorim sobre la muerte de Lorca:
Federico no ha muerto. No puedo imaginar su pecho adelantado al viento y a las balas; su magnífica cabeza echada para atrás, sus brazos en cruz, contra un muro de piedra, con toda España a sus espaldas, como si con su cuerpo impidiese pasar adelante a los nuevos bárbaros.
Aunque no hay datos suficientes para corroborarlo, Roncagliolo propone la hipótesis de que Amorim pudo ser el gran amor de Lorca durante su viaje a Argentina y Uruguay en 1933 y 1934. Un par de cartas sin respuesta conservada, algunos mensajes cifrados entre líneas y el enigmático monumento levantado por Amorim en su Salto natal en 1953, permiten trazar una historia de amor o de desamor que el asesinato de Lorca a comienzos de
Otro que se decepcionó con Federico fue Jorge Luis Borges, que estaba destinado a convertirse en el escritor argentino más importante del siglo XX. Según Borges, durante su única conversación, Federico disertó largamente sobre un personaje que, en su opinión, encarnaba toda la tragedia de los Estados Unidos. Borges le preguntó de quién estaba hablando exactamente. ¿De Lincoln quizá? ¿O de Edgar Allan Poe? Pero Federico respondió:
– De Mickey Mouse.
Borges abandonó la conversación, y a partir de ese momento, consideró a Federico un farsante, o según lo definiría él mismo, “un andaluz profesional” (p. 25).

En el conjunto de un libro logrado globalmente, cabe sin embargo objetar a Roncagliolo algunas aseveraciones osadas y conclusiones cogidas con alfileres. En la descripción de la vida madrileña de Neruda antes de la guerra, dominan palabras como “dolorosos”, “desgracia”, “conflictos”, “crisis”, “infierno”; en realidad, tras el aislamiento que había supuesto su vida como diplomático en el Oriente, y a pesar de la grave enfermedad de su hija, los años madrileños son para Neruda una etapa de felicidad y de comunión sentimental y literaria con sus amigos poetas, quienes lo reciben con admiración y fraternidad. Por otra parte, cuando se conservan tan pocos datos, ¿se puede asegurar con tanta rotundidad que Federico fuera para Amorim “el hombre más importante de su existencia” (p. 167)? Es posible que, debido a la serie de hipótesis indemostrables que conducen el libro (lo cual sea dicho, no es culpa del autor), esta historia ambiciosa hubiera requerido, en lugar de un sugestivo ensayo como este, una novela fascinante, donde las concesiones a la ficción harían más verosímil y más real la “historia real” que promete el subtítulo. Es posible también que al mismo tiempo este sea el mérito del libro: el anhelo en el lector de ver en movimiento a través de una narración literaria algunas imágenes como la de la portada, con la pajarita de Amorim convertida en una mariposa volando entre los dos, desvelando en el dibujo de su vuelo los secretos que llevaron a su tumba los protagonistas (los titanes) de este relato.
Artistas en la Guerra Civil Española: Gustavo Cochet

El pintor y grabador Gustavo Cochet (Rosario, Argentina, 1894-1979) llegó por primera vez a España en 1915. Vivió cinco años en Barcelona, otros ocho en París, y en 1934 regresó a una España ya convertida en República. Militante de la CNT y la FAI, se convirtió en uno de los artistas anarquistas más destacados de la guerra civil, preparando una serie de 30 aguafuertes titulados "Caprichos". Como escribió el propio Cochet, en el frontispicio de la colección, "Mis

La investigadora argentina Laura Karp Lugo ha publicado últimamente el siguiente artículo: "Los Caprichos de Gustavo Cochet, memorias de la Guerra Civil".




