La matanza de los inocentes. Intelectuales cubanas en defensa del niño español

En sus meses iniciales, en zona republicana, la guerra civil española significó una efímera época de conquistas para la mujer, una confirmación de los avances que ya había conseguido desde el derrocamiento de la monarquía en 1931. La figura de la miliciana, durante las primeras semanas o meses del conflicto, fue explotada como una anécdota pintoresca por la prensa mundial pero significó, en la práctica, que la mujer se sentía con pleno derecho de luchar codo a codo con sus compañeros milicianos en el frente. De ahí surgieron las heroínas, las mujeres-mártires celebradas por la propaganda republicana: Lina Odena y Paca Solano. Al mismo tiempo, en esos frenéticos inicios del conflicto español, hubo mujeres que ocuparon por vez primera los lugares de trabajo dejados libres por los hombres en las fábricas. Estas conquistas pronto se frenaron. Con el paso del tiempo y la organización del Ejército Popular, las mujeres fueron retiradas del frente y su papel volvió, poco a poco, a ser el de todos los tiempos y todas las guerras: la mujer que espera en casa al hombre ausente; la mujer-viuda, que llora la muerte de su esposo; la madre desolada que llora la muerte de sus hijos. Incluso en el ámbito laboral, cada vez más se hacía hincapié en las labores tradicionales de la mujer: la de cuidar a los heridos y los enfermos; la de coser prendas y mantas para los que luchaban en el frente. Eran labores de esposa, labores de madre, no de la nueva mujer libre de la República.

Esta segunda etapa de la guerra (el Ejército Popular empezó a formarse a mediados de octubre), coincidió para la mujer republicana con un cambio de estrategia, una verdadera innovación bélica del ejército de Franco: los bombardeos de las ciudades abiertas, que se ensayaron con secuelas devastadoras en Madrid. Se trataba de una novedad en más de un sentido: las víctimas no eran ya, como en la Gran Guerra, sólo los soldados en las trincheras, sino los habitantes de la retaguardia; es decir, mujeres, ancianos, niños. Era algo inaudito en la historia de las guerras, y sucedía, además, en una lucha inaudita por otro motivo: la guerra civil fue la primera guerra mediática de la historia. Es decir, el horror de esas víctimas civiles fue divulgado por los medios de comunicación masiva en imágenes escalofriantes que llegaban a todo Occidente. Con fines propagandísticos, la República decidió, en su campaña de divulgación de las imágenes de los bombardeos, centrarse en el niño como víctima: niños muertos en los bombardeos, cuyos cadáveres habían sido sacados a duras penas de los escombros y puestos en fila, numerados en su anonimato, esperando la identificación; niños muertos en los brazos de sus madres; huérfanos que vagaban entre las ruinas de una casa en busca de sus padres; y los niños evacuados, que abandonaban España entre el llanto de sus familiares, para aguardar el triunfo o la derrota de la República en México, en Inglaterra o en Rusia.

En pocos países del mundo suscitó la guerra civil pasiones tan encendidas como en Cuba. Jorge Domingo Cuadriello señala que se trata de una “reacción lógica”, si se toman en cuenta “los estrechos vínculos históricos, culturales, religiosos e incluso familiares entre españoles y cubanos, así como la existencia entonces en la Isla de una numerosa e influyente comunidad de naturales de España”. El interés por la guerra no se limitó a la colonia española. La sociedad cubana estaba altamente politizada desde la época de la resistencia contra el dictador de Gerardo Machado (derrocado en 1933), y fueron muchos los que sentían la guerra española como suya propia. Viajaron a España para defender la República un millar de voluntarios y se ha dicho que “desde el punto de vista proporcional a su población el pueblo cubano fue el que mayor número de voluntarios aportó a dicha contienda antifascista”. Dentro de la isla, grupos de intelectuales, sindicatos, partidos de izquierda y organizaciones estudiantiles y masónicas organizaron numerosos actos de apoyo a la República, homenajes a muertos ilustres de la guerra (como Federico García Lorca), manifiestos, manifestaciones y colectas para recaudar fondos, ropa, cigarrillos y leche condensada para la República. De particular importancia, para los propósitos de este artículo, son las labores de la Asociación de Auxilio al Niño del Pueblo Español, fundada en La Habana en marzo de 1937. En ella, las mujeres intelectuales tuvieron un protagonismo central: Teté Casuso fue la presidente y el gran logro de la Asociación, la Casa-Escuela Pueblo de Cuba instaurada en Sitges, fue dirigida por una de las vice-presidentas, la educadora Rosa Pastora Leclerc. (...)

“Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país”, ha dicho Susan Sontag en su libro Ante el dolor de los demás, “es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas. Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de las salas de estar”. Desde la lejana retaguardia cubana, se observó el espectáculo calamitoso de la guerra civil con fervorosa atención. En las siguientes páginas, me referiré brevemente a la manera en que siete intelectuales cubanas –Mariblanca Sabas Alomá, Serafina Núñez, Berta Arocena, Mirta Aguirre, Fina García Marruz, Emma Pérez y Teté Casuso– vivieron, sufrieron y escribieron sobre la guerra civil sin la necesidad de pisar España durante los años del conflicto. Los bombardeos de las grandes ciudades convocarían en ellas una respuesta maternal, que chocaba, en cierta medida, con la autonomía de la mujer –la liberación de las ataduras de género, de los papeles tradicionales de madre y esposa– que era, que estaba siendo, una conquista de la modernidad. Durante la guerra civil, las víctimas infantiles obligaban a estas siete intelectuales –todas ellas militantes comunistas o compañeras de viaje– a invertir los avances y volver a asumir, por exigencia de las circunstancias, el papel de madre o sustituto de madre. ....

El artículo completo puede leerse en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura.

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