Discrepancias con la ortodoxia estaliniana. César Vallejo en el Congreso de Escritores Antifascistas

Cuando juzgamos hoy, más de setenta años después, la significación del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (o bien, el "Congreso de Escritores Antifascistas"), inaugurado en Valencia en julio de 1937, deslumbra sobre todo la hazaña logística que suponía la congregación de unos cien intelectuales extranjeros, muchos de ellos con un conocimiento precario o nulo del castellano, en un país devastado por la guerra. El valor simbólico del Congreso es incuestionable, pero si pensamos en términos no de cantidad sino de calidad, la lista de escritores invitados puede resultar decepcionante, y lo cierto es que desde dentro y fuera de la República se
criticaba o se burlaba de esa supuesta falta de altura literaria. Viajaron a España André Malraux, Tristan Tzara y Stephen Spender, pero otros, como Louis Aragon, Langston Hughes y Bertolt Brecht, sólo llegaron a la sesión de clausura en París, y por distintos motivos no acudieron simpatizantes de la República tan prestigiosos como Thomas Mann, Ernest Hemingway, Upton Sinclair, W.H. Auden y Paul Éluard.

Para mí, son dos los elementos que han convertido el Congreso de Escritores Antifascistas en un hito extraordinario en la historia de la literatura, más allá del hecho en sí de su existencia en tiempos de guerra. Es notable, en primer lugar, la presencia de media docena de escritores combatientes (entre ellos, dos grandes novelistas: Malraux y Gustav Regler); eran los sobrevivientes, porque hubo compañeros suyos que ya habían muerto luchando en España: entre otros, el novelista húngaro Mate Zalka –más conocido como el General Lúkacs, comandante de la XII Brigada Internacional–, el joven poeta inglés John Cornford y uno de los más intensos cronistas de la guerra, el cubano Pablo de la Torriente Brau. El segundo elemento que garantiza, a mi juicio, el valor histórico del Congreso es la calidad indiscutible –más indiscutible con la perspectiva del tiempo– de las delegaciones hispanoamericanas. Estuvieron en Valencia y Madrid Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Raúl González Tuñón, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Juan Marinello, Carlos Pellicer, Octavio Paz y, por supuesto, César Vallejo.

España, aparta de mí este cáliz, quizá la más duradera de las obras que surgieron de la guerra civil, es una muestra vibrante de las pasiones que ésta suscitó en Vallejo. El peruano había tenido, hasta entonces, una relación conflictiva con España. Desterrado de Francia en 1931 por su militancia
comunista, vivió los inicios de una República burguesa que no hacía más que perpetuar, a su juicio, las jerarquías de antaño con el reinado “del nuevo Niceto I" (en referencia al presidente Niceto Alcalá Zamora) y con la "dictadura del General Azaña”. El triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 y luego la resistencia popular durante los primeros meses de la guerra civil lo reconciliaron con la República y en octubre de 1936, en una carta enviada desde París a Juan Larrea, exclamó: “¡nos tienes tan absorbidos en España, que toda el alma no nos basta!”. Viajó a España a finales de 1936, y en los meses siguientes publicó ensayos celebrando la “autenticidad popular” de un acontecimiento en el que “por primera vez, la razón de una guerra cesa de ser una razón de Estado, para ser la expresión, directa e inmediata, del interés del pueblo y de su instinto histórico”.

Neruda, en sus memorias, recordaría las tensiones que surgieron entre él y Vallejo durante el Congreso. Para el chileno, la culpa era de Huidobro, pero tal vez tuviera que ver cierto resentimiento de Vallejo: los organizadores habían pedido a Neruda, que no era comunista, que se encargara de las invitaciones a los escritores hispanoamericanos, mientras que a él –antiguo militante del Partido– nadie le pidió nada. Además, Neruda hizo caso omiso de los esfuerzos del peruano por conseguir invitaciones para amigos suyos. Ahora bien, en el discurso que Vallejo leyó en el Congreso, se palpa un
entusiasmo prorrepublicano sin límites. Haciendo añicos la leyenda negra tan cara a la izquierda peruana, formuló un paralelismo insospechado entre el pasado conquistador y la lucha antifascista del presente: España “sacó de la nada un continente, y hoy saca de la nada al mundo entero”. Al mismo tiempo, su celebración del intelectual militante alcanza una hipérbole insólita en Vallejo, que en su poesía solía rehuir la jerarquización del escritor como un ser especial: “Los responsables de lo que sucede en el mundo somos los escritores, porque tenemos el arma más formidable, que es el verbo. Arquímedes dijo: ‘Dadme un punto de apoyo, la palabra justa y el asunto justo, y moveré el mundo’; a nosotros que poseemos este punto de apoyo, nuestra pluma, nos toca, pues, mover el mundo con estas armas”.

No todo era celebración en el Congreso. En el verano de 1937, aunque ninguno de los invitados quisiera reconocerlo, la República ya estaba perdiendo la guerra. Con la excepción de la victoria de Guadalajara en marzo, que sirvió para salvar Madrid, casi todas las batallas habían terminado en la derrota. La unidad en la lucha de los primeros días de la guerra se había
esfumado, y después de los infaustos “eventos de mayo” en Barcelona, el nuevo presidente Juan Negrín –en estrecha relación con los dirigentes comunistas y los consejeros soviéticos de Stalin – había ilegalizado el partido trotskista del POUM y estaba tomando medidas para frenar el poder de los anarquistas. El Congreso de Escritores Antifascistas no se libró de esta atmósfera de tensión ideológica. Los organizadores principales, entre ellos Rafael Alberti, Mikhail Koltzov, Ilya Ehrenburg y el fiel compañero de viaje José Bergamín, impusieron una ortodoxia estaliniana que incomodó a invitados como André Malraux, sobre todo cuando intentaron conseguir de los congresistas una condena pública a los libros sobre la Unión Soviética de André Gide.

¿Cómo reaccionó Vallejo a este clima de tensión? Julio Ortega, en su ensayo “César Vallejo y la guerra civil española”, recuerda que tanto Raúl González Tuñón como el peruano Armando Bazán aludieron al supuesto trotskismo de Vallejo. Estas hipotéticas simpatías trotskistas podrían explicar la marginación a la que el poeta fue sometido, según se ha dicho, en los últimos meses de su vida. Puede ser. Lo que sí es indiscutible es su distanciamiento de la ortodoxia comunista, explícito en el “¡Adiós, tristes obispos bolcheviques!” de un poema fechado el 12 de octubre de 1937, e implícito
tanto en el último poema de su libro España, aparta de mí este cáliz (“¡Cuídate, España, de tu propia España! / ¡Cuídate de la hoz sin el martillo, / cuídate del martillo sin la hoz!”) como en su persistente celebración de la espontaneidad revolucionaria de las masas, algo que el Gobierno y los dirigentes comunistas estaban haciendo todo lo posible por controlar mediante la supresión de los revolucionarios (trotskistas y anarquistas) y un pragmatismo “democrático” ideado para atraer a Inglaterra y Francia a una alianza con Stalin.

El 6 de agosto
de 1937, el escritor y antiguo anarquista argentino Alejandro Sux envió al diario bonaerense El Mundo una “Carta de París” que relataba
sus impresiones de la clausura del Congreso, en la que había sufrido “discursos, frases hechas y cien veces oídas, resoluciones platónicas, vagas y vacías, palabrería encintada, concurso de oratoria, feria de vanidades y explosión de rencores”, sobre todo por parte de los congresistas latinoamericanos, que se distinguieron “por las cizañas, los amores propios heridos” y la “amargura de la desilusión en aquellos que habían acudido llenos de fe y sinceridad”. La imagen que ofrece Sux es lamentable. Del Congreso, afirma, “no surgirá nada; cada delegado se irá contentísimo de haber visto su nombre impreso en papeles de diferente nacionalidad, de haberse contemplado en carteles callejeros que adornaron a París durante una semana, de haberse codeado con algunas celebridades mundiales, de haberse hecho la ilusión de representar, efectivamente, a los escritores de su país... y la cultura que ellos quisieron defender, seguirá a merced de la fuerza, como siempre”.

Menciono a Sux, sobre todo, por los cuatro comentarios que recoge al final de la crónica. Los elogios de Jean-Richard Bloch y Louis Aragon son previsibles. Vicente Huidobro añade un toque de grandilocuencia: “Madrid salva la dignidad humana; así como para honrar a un muerto ilustre se guarda un minuto de silencio, la humanidad tendrá que guardar un siglo de silencio en honor de España, que se bate contra todo el mundo”. El último ofrece la nota discrepante. Así lo dice Sux: "La mayor parte de
estos escritores –me decía un joven delegado peruano cuyo nombre ignoro–, se está construyendo un pedestal con los muertos españoles; el motor que los mueve es la vanidad y el interés. Muchos están con nosotros porque la tormenta los sorprendió de este lado; si los hubiese sorprendido del otro...”

Vallejo tenía 45 años, pero era el único delegado peruano en el Congreso y la falta de canas servía, seguramente, para disfrazar su verdadera edad. Viajó a España, a comienzos de julio de 1937, con su entusiasmo revolucionario intacto. Diez días más tarde, herido en su amor propio y amargamente desilusionado, su visión utópica de la guerra estaba sembrada de notas contradictorias que darían lugar, durante los últimos meses de su vida, a una de las rachas más productivas de creatividad que ha conocido la poesía moderna: a los quince poemas de España, aparta de mí este cáliz y a más de la mitad de los también póstumos Poemas humanos.

8 comentarios:

  1. Me ha gustado la nota.

    Gracias.

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  2. como escribieron Vallejo ya tenia 45 años, y no creo que el cronista argentino sufriera de miopia. Otra cuestion Vallejo en 1937 no era desconocido para nadie, era una figura importante en la actividad intelectual hispanoamericana en Europa, y le hubiera bastado al periodista argentino preguntar a cualquiera quien era ese hombre de delgada figura para dejar de ignorar su nombre. Otra dato en 1937 habia en españa muchos intelectuales peruanos ya peleando en la guerra civil, y no hay que dudar que debio participar en valencia en el congreso algun joven peruano y que ignoramos, por que simplemente no se registro a todos los presentes, mas bien solo a los famosos. Otro dato vallejo era muy conocido en los circulos comunistas españoles por que escribio un libro de cronicas de la URSS en 1931, y que segun lei no es mas que un planfeto propagandistico sobre las supuestas bondades del pais de los soviets y obreros,y como deben saber todo lo que aparecia en madrid tenia repercucion en Buenos Aires, antes que en cualquier otra nacion latinoamericana. El libro fue uno de los mas vendidos en españa en ese año. imposible que un ex anarquista argentino no lo conociera. http://www.satelliteview.org

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    1. Según un compañero de este proyecto, Vallejo y Alejandro Sux sí se conocían, al menos desde julio de 1924. Ahora bien, es evidente que el único delegado peruano en el Congreso de Escritores Antifascistas era Vallejo, ya que los invitados apristas -al parecer, llegaron invitaciones a Luis Alberto Sánchez, Ciro Alegría y Manuel Seoane- declinaron la invitación. Respecto a la posible "miopía" de Sux, me parece perfectamente posible que se refiera a un hombre de 45 años como joven. Planteo, al menos como hipótesis, lo siguiente: al no nombrar a Vallejo, Sux lo estaría protegiendo. Otros delegados (Stephen Spender, Octavio Paz) llegarían a criticar el Congreso, pero sólo años después. Hacerlo en el mes de julio de 1937 habría sido considerado un acto contrarrevolucionario, dañino para la lucha antifascista, y habría expuesto a Vallejo a la ira del Partido. Por otra parte, no sé si había intelectuales peruanos peleando en la guerra española (me encantaría saberlo). De todos modos, la crónica de Sux se escribe a raíz de la clausura del Congreso, que tuvo lugar no en España sino en Francia.

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  3. Bueno... Me interesaria que investigaran dos nombres, revise su web, pero no los encontre, son Eudocio Ravines y César Falcón, son dos peruanos, segun lei participaron en la guerra, aunque parece mas como ideologos o burocratas diriamos, y sobrevivieron.

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  4. Ravines y Falcón: dos personajes fascinantes, sin duda. Por ahora no hay más que un par de citas breves en nuestra sección de 600 intelectuales ante la guerra civil.

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  5. Muy interesante la nota, y el blog. Gracias.

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  6. Eso de "Cuídate de la hoz sin el martillo, cuídate del martillo sin la hoz" no me parece una sentencia antisoviética. Más bien quiere decir lo contrario. En todo caso, hacen falta más fuentes para sugerir un presunto trotskismo o una naciente disidencia en Vallejo...

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  7. Hace falta recordar a Julio Gálvez Orrego, miembro de la bohemia de Trujillo o Grupo Norte, quien se embarcó con Vallejo hacia el Viejo Mundo y más tarde se enroló en el ejército republicano español, muriendo en combate. A él se refiere Vallejo cuando escribe: "miliciano de huesos fidedignos" en "España, aparta de mí este cáliz".

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